Lo que nos enseñó la primera generación de Plant Futures México sobre educación climática

¿Qué se necesita para preparar a las personas para una transición hacia un sistema alimentario más ético, sostenible y comunitario?

Nos propusimos explorar esa pregunta con la primera generación de Plant Futures México, Sistemas Alimentarios para el Cuidado del Planeta. Fue un curso de 8 semanas en español sobre sistemas alimentarios, ecología, salud y relaciones multiespecie.

El piloto terminó siendo más que un curso. A través del desarrollo curricular, las sesiones en vivo, los proyectos de estudiantes y las conversaciones con participantes, vimos lo que las personas necesitaban aprender. También vimos lo que todavía falta en la educación climática en general. Si queremos que las personas participen en la transformación de los sistemas alimentarios, necesitamos repensar cómo la educación las prepara para ese trabajo.

Estas son 8 cosas que nos enseñó el piloto.

1. Necesitamos recursos arraigados en el territorio

Uno de los retos más claros fue encontrar recursos educativos que hablen de las realidades de México y América Latina. Hay mucha información sobre cambio climático y sistemas alimentarios. Pero gran parte se produce en otros lugares, está diseñada para otros sistemas educativos o está desconectada de las historias, culturas, ecosistemas y políticas locales.

Construir el curso implicó traducir conceptos amplios a contextos locales. Abordamos la milpa y las chinampas, la concentración de la tierra, el trabajo agrícola, la política alimentaria, el agua y las estructuras de poder que determinan lo que llega a nuestros platos. No solo necesitamos más contenido. Necesitamos contenido desarrollado para lugares, idiomas y comunidades específicas.

2. La educación necesita diálogo, no solo contenido

Los sistemas alimentarios conectan agricultura, salud, ecología, economía, cultura, política, trabajo y comunidad. Quienes aprenden necesitan espacio para cuestionar, conversar y conectar ideas, no solo para recibir información.

Algunos de los momentos más significativos del curso surgieron de las conversaciones con especialistas invitados, los diálogos en grupo y las actividades prácticas que reunieron distintos campos. La acción climática es colaborativa, y el aula puede ser un lugar donde empiezan a formarse redes.

3. El idioma moldea cómo entendemos nuestros territorios

Enseñar en español no fue solo una cuestión de traducción. El idioma lleva consigo historia, cultura y relaciones con el lugar. Algunos conceptos cobran sentido en el idioma que las personas usan todos los días. Otros nos hacen cuestionar si el vocabulario que heredamos corresponde a las realidades que intentamos entender.

Esto fue especialmente importante al hablar de justicia alimentaria, soberanía, territorio y relaciones multiespecie. Nos llevó a preguntarnos: ¿Qué conocimientos cuentan? ¿Qué pasa cuando los marcos globales de sostenibilidad se encuentran con historias y formas de conocimiento locales? La educación para el cambio sistémico no puede simplemente importar conceptos. Tiene que abrir espacio al conocimiento que surge de los lugares donde ocurre el aprendizaje.

4. Acceso en línea no es acceso igualitario

El formato virtual llegó a personas de distintas partes de México sin que nadie tuviera que trasladarse. Aun así, las y los participantes enfrentaron problemas de conectividad y tecnología, falta de tiempo, cargas de trabajo y responsabilidades familiares. El clima extremo y las fallas de infraestructura hicieron más visibles esas barreras.

Esta es una tensión real para la educación climática. El aprendizaje digital amplía el acceso, pero la infraestructura de la que depende también es vulnerable al cambio climático. Poner un curso en línea no basta. Tenemos que considerar las condiciones materiales que hacen posible la participación.

5. Las instituciones van detrás del futuro

El problema no es solo la falta de contenido climático. Muchas instituciones educativas siguen organizadas en torno a disciplinas y supuestos diseñados para otro mundo. Mientras tanto, quienes aprenden enfrentan inestabilidad climática, pérdida ecológica, cambio tecnológico, desigualdad y transformaciones en el trabajo.

La pregunta es si la educación prepara a las personas para entender y transformar los sistemas que producen estas condiciones. La motivación individual no basta. Las personas necesitan conocimientos, habilidades, relaciones y rutas institucionales para actuar.

6. La educación climática trata de cómo miramos

La educación climática suele plantearse como lo que las personas necesitan saber. El piloto reafirmó que también trata de cómo aprendemos a mirar.

El pensamiento sistémico observa relaciones en lugar de partes aisladas. El pensamiento ecológico se enfoca en la interdependencia. El pensamiento crítico cuestiona supuestos heredados y estructuras de poder. El pensamiento de futuros imagina posibilidades más allá del statu quo. El aprendizaje situado presta atención al lugar donde vivimos. Más que temas, son formas de pensar. Ayudan a reconocer patrones, cuestionar sistemas e imaginar alternativas.

7. Los cursos necesitan infraestructura

Los cursos por sí solos no bastan. La educación climática también necesita existir, adaptarse y formar parte de las instituciones. Para eso, requiere:

  • Estándares de aprendizaje y competencias

  • Marcos curriculares

  • Materiales adaptados al contexto

  • Guías docentes

  • Formación docente

  • Herramientas de evaluación

  • Certificaciones

  • Medición de resultados

  • Apoyo institucional

  • Políticas públicas

Durante el piloto construimos muchas de estas piezas por nuestra cuenta. Definir qué deben comprender las y los estudiantes, qué deben ser capaces de hacer y cómo evaluarlo nos mostró cuánto trabajo de base falta. La educación climática es un reto de infraestructura tanto como de contenido.

8. El aprendizaje puede empezar en lo cotidiano

La educación climática no tiene que empezar con el cambio climático. Puede empezar con la comida en el plato, el agua de la llave, una tormenta que deja sin luz, una ola de calor o el precio del súper. ¿Quién cultiva nuestra comida? ¿Quién la transporta? ¿Quién la cocina? ¿Quién tiene acceso a ella?

Estas experiencias cotidianas ya están conectadas con sistemas más amplios. La educación puede ayudar a ver esas conexiones, en lugar de pedir que se memoricen datos sobre problemas que se sienten lejanos. Este aprendizaje puede darse a cualquier edad, en escuelas, universidades, organizaciones comunitarias, huertos, cocinas, lugares de trabajo y espacios en línea. El objetivo es ayudar a las personas a ver el presente de otra manera.

Construir la infraestructura educativa para la transición

La primera generación nos dio una pequeña ventana a lo que puede ser la educación en sistemas alimentarios cuando se aborda como un espacio de pensamiento sistémico, diálogo, relaciones y acción.

El objetivo de Plant Futures va más allá de ofrecer cursos. Queremos ayudar a construir la infraestructura educativa para la transición. Eso incluye las competencias, currículos, materiales, herramientas de evaluación, docentes, instituciones y políticas que preparan a las personas para entender un mundo en cambio y participar en transformarlo. La transición hacia sistemas alimentarios más justos y sostenibles requerirá transformaciones tecnológicas, económicas, políticas y culturales. También requerirá una transformación educativa.

Súmate a nuestros próximos cursos

¿Te gustaría participar en un próximo curso de Plant Futures? ¿O llevar este aprendizaje a tu escuela, universidad u organización?

Registra tu interés en futuros cursos AQUI

Plant Futures

Creating a Diverse, Multi-disciplinary Talent Pipeline for the Global Plant-Rich Food and Agriculture Sectors

https://www.plantfuturesinitiative.org/
Previous
Previous

What Our First Plant Futures México Cohort Taught Us About Climate Education

Next
Next

Think Global, Dance Local: Why We’re Showing Up at III Points